Una Argentina pendular por (in)decisión de sus dueños

El país sigue sin un proyecto que lo saque del estancamiento económico de los últimos diez años, y los empresarios no proponen el suyo. Funes de Rioja asumió con un discurso diferente al del Gobierno y no pudo llegarles a las autoridades. ¿Tan necesarias son las inversiones españolas que son más importantes que la relación con Brasil?

La gresca desatada en la asunción de Daniel Funes de Rioja al frente de la Unión Industrial por el veto del grupo Techint contra José Ignacio de Mendiguren desnudó la desorientación de un establishment que no atisba un plan económico coherente por parte del Gobierno pero tampoco se anima a proponerle a la sociedad el suyo propio. Tras el estrepitoso fracaso de la administración que prohijaron y sin un candidato que los aglutine como logró hacerlo Mauricio Macri en 2015, los dueños de la Argentina se metieron en un callejón sin salida: ya no creen en el diálogo social que les proponía al asumir Alberto Fernández pero tampoco quieren fortalecer a quienes le disputan el rumbo en el Frente de Todos. Y todavía quedan dos años y medio.

Es una orfandad que paraliza y puede acarrear grandes pérdidas a quienes hagan apuestas equivocadas hoy, con el país a precio de remate pero sin certezas de que haya tocado fondo. Que también puede desestabilizar al peronismo liderado por Cristina Kirchner en su enésimo intento de conciliar sus propios intereses con los de una burguesía nacional que intentó contener y a la vez moldear, siempre infructuosamente. Pero que sobre todo mantiene al país en una dinámica pendular, girando en círculos, sin un proyecto económico, social y productivo que rompa el estancamiento de los últimos diez años. Un programa mínimo que, si las vacunas lo permiten, la era post-pandemia va a pedir a gritos. De Mendiguren se inmoló contra Paolo Rocca en la asunción de Funes de Rioja porque no consiguió torcer la fuerte presión del holding siderúrgico para volcar a la central fabril hacia una oposición abierta contra el Frente de Todos. El escándalo que desató por Zoom con su denuncia de discriminación y falta de transparencia en la elección, mientras el lobista David Uriburu (uno de los dos vicepresidentes que coló Rocca) amenazaba con apagarle el micrófono, fue el último recurso que encontró para exponer la movida de Techint.

El ahora jefe del estatal Banco de Inversión y Comercio Exterior (BICE) y dos veces expresidente de la UIA intentó impulsar para el cargo de Funes a Miguel Angel Rodríguez, de Sinteplast, una de las compañías cuyas ventas vuelan a caballo de la reactivación de la construcción a pequeña escala. Lo apoyaba también el presidente saliente, Miguel Acevedo, de Aceitera General Deheza (AGD). Una vez que lo convencieron, desde Techint y Arcor le hicieron saber que no lo apoyarían y el fabricante de pinturas eligió no confrontar. Será secretario.

Hay varias cosas detrás de tanta hostilidad por parte del barón del acero. Una anécdota: un año atrás, en plena primera ola, se sintió ninguneado en la inauguración de un hospital en Pilar al que su fundación había aportado mucho dinero que el Presidente no le agradeció. También un negocio perdido: la petrolera del holding, Tecpetrol, embolsó más de la mitad de los $ 99.437 millones en subsidios que pagó el Estado desde 2018 gracias a la resolución 46 de Juan José Aranguren, que terminó de desactivarse el año pasado. Pero ante todo, lo que hay es una disputa por el rumbo: se lo dijo clarito al ministro Martín Guzmán a fin del año pasado, cuando le reclamó que apure el ajuste fiscal que ya había empezado a ejecutar.

¡Sorpresa!

Funes de Rioja asumió el martes con un discurso a favor de la libertad de precios, de contratación y de despidos, una agenda que no es la del Gobierno en pleno combate contra una inflación que se desmadró en octubre pasado y que no afloja, mientras la reactivación sí empieza a frenarse por la segunda ola de contagios. Dijo que se reuniría al día siguiente con el presidente del Banco Central, Miguel Pesce, quien optó por aplazar la cita sine die. Pesce tiene otras preocupaciones como para meterse en la interna industrial: sabe que con la campaña se viene la tensión cambiaria, pero avisó a Olivos que con los más de 6.000 millones de dólares que compró para las reservas tiene espaldas para aguantar un par de meses el tipo de cambio bien por debajo de la inflación.

El jefe de la central fabril igual estrenó el cargo en la recepción oficial que ofreció el Ejecutivo a la delegación de empresarios y sindicalistas que acompañaron al presidente español Pedro Sánchez. Pero no pudo exhibir —como sí lo hizo su colega de la Sociedad Rural, Nicolás Pino— llegada inmediata a todas las autoridades. Vaya una paradoja: Matías Kulfas dijo ayer que su primera reunión con Pino, amigo hace 30 años del ex ministro macrista Luis Miguel Etchevehere, fue una “grata sorpresa”. Y eso que las exportaciones de carne siguen cerradas y la guerra por su precio parece más cerca de prolongarse que de terminar.

Veterano del lobby, Funes de Rioja está lejos de resignarse a un segundo plano. El miércoles próximo se mostrará con Guzmán en un cóctel “híbrido”, que se transmitirá desde el patio del Four Seasons, no organizado por la UIA sino por el ultraconservador Consejo Interamericano del Comercio y la Producción (CICyP), que también preside y donde se mantendrá como jefe, igual que en la poderosa Coordinadora de Industrias de Productos Alimenticios (COPAL). Para estar entre quienes escuchen en persona al ministro habrá que pagar $100.000, y para estampar el logo de la empresa entre los auspiciantes, $150.000. Un gasto que seguramente se pueden permitir las usinas de alimentos que recompusieron márgenes de ganancia el año pasado y pasaron de exhibir pérdidas a importantes ganancias, como Morixe o Arcor.

La selva y los indios

La boutade del Presidente en la conferencia de prensa con el presidente del gobierno español y la bêtise de su posterior disculpa, por decirlo en la lengua europea que amaba Sarmiento, también exponen la fragilidad del proyecto productivo nacional y la responsabilidad que les cabe tanto a quienes ponen las reglas como a quienes juegan con ellas. ¿Hacía falta tanta lisonja para pedirles que inviertan a las mismas empresas que Néstor Kirchner “puso a parir” apenas dos meses después de asumir, en julio de 2003, cuando de visita en Madrid les advirtió que Argentina tenía “futuro con o sin su ayuda”? ¿Tanto aportan los bancos, las concesionarias de servicios públicos y los dueños de casinos que acompañaron a Sánchez a Buenos Aires como para que valga más la relación con ellos que con, por ejemplo, Brasil?

El caso más emblemático es el de Abertis, la administradora española de los accesos Oeste y Norte cuya concesión el Gobierno estudia revocar desde que asumió. Por gestión de Guillermo Dietrich, luego procesado, obtuvo en 2018 una prórroga hasta 2030 gracias a la cual se cobrará 750 millones de dólares. A Gabriel Katopodis, el encargado de definirlo, no le pidieron audiencia y ni se los cruzó. ¿Lo revocará igual? “Cuando las carabelas estén a mitad del Atlántico volviendo a la península comenzará la independencia”, dijo enigmática una fuente al tanto del asunto.

El tema igual es más profundo. ¿Qué narrativa de futuro despliega hoy la élite? ¿Con qué interpela nuestro 1% al resto del país, que lo mantiene en ese sitial privilegiado? ¿Con qué enamora? Después del fracaso de los “capitanes de la industria” con Alfonsín, sobre la tierra arrasada que había dejado la dictadura, el establishment menemista ofreció shoppings y modernización a quienes estuvieran dispuestos a tolerar la precariedad laboral y las privatizaciones. Fue un negocio redondo, tanto en lo político como en lo económico (más allá de las consecuencias que se verían después), hasta que la devaluación del real en 1999 lo hizo añicos. Con Néstor Kirchner quienes se desdolarizaron a tiempo la levantaron con pala, como suele repetir la vicepresidenta, pero compensaron los salarios famélicos que pagaban con tasas chinas de crecimiento y millones de empleos. En los dos extremos del péndulo, el toma y daca con el resto de la sociedad siempre existió. ¿Y ahora?

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